CASA EDITRICE LEONARDO DA VINCI
PERCHÈ INTERESSA LA FILOSOFIA E PERCHÈ SE NE STUDIA LA STORIA


Recensione di Claudio Pierantoni in Humanitas (Santiago de Chile)

    

Por qué interesa la filosofia y por qué se estudia su historia

El libro del Profesor Antonio Livi, Decano de la Facultad de Filosofia de la Pontificia Universidad Lateranense (Roma), es una brillante «introducción a la filosofia». Es un volumen de tipo propedéutico (parte de una interesante colección que ha visto la luz en estos ultimos años), destinado a los que se acercan al estudio de la filosofia en una época como la nuestra, en que son tan debatidos su naturaleza y su estatuto epistemológico. Siendo un libro escrito por un filósofo, no pretende «enseñar filosofia», ejercicio que reserva explicitamente al dialogo y contacto directo, sino remover aquellos obstaculos y prejuicios que alejan al hombre actual, tanto al estudiante como al público generaI, de una disciplina tan indispensable, no sólo para el currículum, sino para la vida. Al mismo tiempo, quiere proporcionar algunas clarificaciones básicas, tanto de concepto como de vocabulario, que permitan un acercamiento más proficuo. La obra se divide esencialmente en dos partes, como indicado en los dos «por qué» del titulo. La primera parte («Por qué interesa la filosofia») propone e ilustra su principio clave, según el cual la filosofia es una exigencia universal humana, pues se basa esencialmente en el «sentido común», entendiendo éste como un conjunto de certezas básicas que todo hombre tiene en su vida cotidiana (existencia del mundo en devenir; existencia del yo; existencia de otros sujetos semejantes a mi; relación entre sujetos, que implica amor y responsabilidad; existencia de una Inteligencia creadora, que explique la existencia del orden fisico y moral (cf. pag. 46). Estas certezas tienen una relación lógica, un orden de deducción, siendo la primera (la evidencia del mundo) la que precede genéticamente las otras. La filosofia no pone ni inventa tales certezas, sino las encuentra presentes en la razón humana como basadas en datos de experiencia inmediata: su tarea sólo consiste en explicitarlas, analizarlas y sistematizarlas, alcanzando así la dignidad de la ciencia.
El autor subraya el caracter rigurosamente racional de la filosofia, denunciando la pretensión contemporánea de reservar tal denominación sólo a las ciencias «exactas» y a las «empiricas»; pretensión avalada, por otro lado, por aquellos «filósofos» contemporáneos que la han reducido a mero lenguaje o mero instrumento format cuya unica función sería aplicarse a otras ramas del saber, sin que ella tenga un «objeto propio». Distingue además lúcidamente la pretensión omniabarcante de la filosofia, que pertenece a su irrenunciable naturaleza metafisica, de la absurda pretensión de un «conocerlo todo» en sentido determinado. Es el horizonte omniabarcante «indeterminado» lo que caracteriza la filosofia, «ciencia del ente en cuanto ente» (como el autor recuerda citando a Aristóteles y Santo Tomás) que no tiene nada de «presuntuoso», por cuanto analiza simplemente la actitud mental natural de todo ser humano.
El tener un principio claro y el aplicarlo coherentemente le permite además al autor desenmascarar los principales errores que acechan el correcto ejercicio de la filosofia, anticipando el recorrido histórico de la segunda parte, con varias referencias críticas a Descartes, Kant, Hegel, Heidegger, entre otros. Se señala como particularmente áspera la critica a Heidegger, que, aun citado antes como «filosofo», y considerado como «importante pensador» (pag. 103), pocas páginas después es acertadamente (junto con Nietzsche) catalogado como autor de producción ideológica y literaria, pero no propiamente «filosófica», por cuanto no tiene costumbre de justificar sus enunciados con argumentos racionales: la dura acusación es avalada por algunos testimonios contemporáneos sobre el carácter de la enseñanza oral («dictatorial e irresponsable») del profesor de Messkirch, que llegó a confundir el rol del filósofo con el del «profeta», sin duda una de las tentaciones más peligrosas. Nos parece especialmente importante la claridad y decisión de estas criticas, en una época en que los «encantamientos» de Heidegger han pasado a tener, no solamente influencia, sino casi valor de auctoritas: no sólo en la filosofía y teología protestante, sino en la filosofía y teología católica. Aun los que lo critican tienen la costumbre de acreditar su titulo de gran filósofo únicamente mediante el hecho de su influjo. No es casualidad quel hacia el final de la primera parte, el autor también estigmatice con justa severidad el recurso, cada vez más de moda en los debates filosóficos actuales, al principio de autoridad, como si el renombre y la influencia de un autor en determinados ambientes pudieran eximir de la argumentación racional.
Finalmente, aun considerando muy valida y sólida la propuesta teorética que guia toda la exposición, nos permitimos señalar que, a nuestro juicio, en la noción básica presentada por el autor se desearía explicitar un punto fundamental: se trata de la presencia, entre las evidencias inmediatas del sentido común, del ser ideal, que se resume en la imagen clásica de la luz inteligible. El autor parte de la experiencia del mundo como «primera evidencia», y repetidamente recuerda que la filosofia debe basarse en la «experiencia». Sin embargo, es claro que no entiende el término en sentido reduccionista, como mera «experiencia sensible» (en tal sentido corrige también una expresión impropia de Maritain, cf. pago 290). Esta primera evidencia, también es llamada «primum cognitum», pero se precisa: «en el orden de los juicios», p. 330). El autor, además de hacer referencia a los primeros principios, citando Aristoteles, S. Tomas y Pascal, muchas veces recuerda también el horizonte «total» de sentido, que la percepción sensible evidentemente no da, y que, sin embargo, es parte integrante de la actitud del hombre hacia el mundo. Debería deducirse que la experiencia de lo inteligible, aun «simultánea» (para el sentido común) a la percepción sensible en la experiencia del mundo, se revela, sin embargo, al análisis cientifico de la metafisica, como experiencia de «algo diferente», innato (la platonica «luz» analoga al Bien, la «!uz incolora» del intelecto agente aristotélico, así como la «lux» agustiniana y el «lumen» del intelecto de Tomás, que ilumina los principia innata); como experiencia, entonces, de una dimensión del ser que reenvía al «ente en cuanto ente», al ser en sí, que a su vez permite la demostración de la existencia de Dios (que para el mismo autor es parte culminante del sentido común) Si esto es así, creemos que entonces todo el discurso podría ganar aun mas en claridad si se explicitara, en el momento de definir el sentido común, como parte del mismo, la experiencia del ser inteligible, o, dicho en una sola palabra, de la verdad. Como lo expresa eficazmente un autor citado por el mismo Livi: «v'è da esibire una presenza originaria dell'assolutezza della verità, giacché essa appartiene allo strato roccioso dell'innegabile» (C. Vigna, cf. pag. 285; subrayado original). Ahora bien, habiendo citado esta frase, Livi precisa que no debe entenderse la «verdad» como esse commune rerum, que sería la «verdad ontológica» de Tomás, sino «restringendo il senso del termine alla rettitudine del pensiero-conoscenza» (subrayado mio). Sin poder entrar aquó en una discusion profundizada, sólo recordamos que la verdad ontológica de Tomás se entiende justamente como adaequatio de la cosa a la idea divina: por tanto, el esse commune rerum no es ciertamente el ser actual del ente en cuanto tal (actus essendi, propio y singular de cada ente), sino la idea de ese mismo acto: por tanto, es la misma adaequatio, vista en su primera raiz (quoad nos) como lumen participado, o ratio veri («verum non est in ratione entis, sed ens in ratione veri», cf. Super Sent., lib. 1 d. 19 q. 5 a. 1 ad 2). Por lo demás, el mismo Livi afirma explícitamente que hay experiencia metafísica que es trascendencia, es decir, comprensión trascendental del ser (pags. 248-249) y que la consideración metafisica «abbraccia ciò che è sensibile e allo stesso tempo ciò che è intelligibile» (pag. 287, subr. el autor); y llega a declarar que: «non può esserci distinzione fra metafisica e filosofia della conoscenza» (pag. 296). En resumen, creemos que si esto no se precisa en la definición de base, la filosofia del autor se expone al riesgo de ser mal interpretada, análogamente a como Descartes mal interpretó (junto con muchos otros) la sentencia escolástica «omnis nostra cognitio incipit a sensu» (cf. pag. 194).
Por lo que concierne a la segunda parte del libro («Por qué se estudia su historia»), queremos señalar en primer lugar el espacio inusualmente considerable reservado a la filosofía cristiana anterior a San Agustín, junto con las importantes reflexiones sobre la filosofia presente en la misma Revelación bíblica, que testimonian de la relación no extrinseca, sino intrinseca y necesaria entre filosofia y religión: no por una mera «no contradicción» entre ambas, sino porque es tarea de la filosofia mostrar justamente la necesidad de la teologia positiva, y además, porque el objeto propio de la filosofia se ilumina mediante la luz que recibe de la Revelación: «le verità soprannaturali indicano la strada giusta per raggiungere le verità naturali» (pag. 162). También queremos señalar la valentia del autor, que no teme usar expresiones fuertes, cuando es necesario: «el sujeto privado de las verdades sobrenaturales está asimismo condenado al error en las mismas verdades naturales accesibles a la razón natural» (ibidem; cf. también págs.249-253).
El rápido recorrido histórico es lúcido y eficaz, aun cuando, a nuestro juicio, dos autores, Platón y San Agustín, habrían merecido un espacio un poco más amplio (en parte compensado por al­gunas citas posteriores). Coherente e inequívoca, en base al principio del «sentido común», resulta la crítica del autor al racionalismo moderno, desde Descartes hasta Husserl, pasando por Kant y Hegel, no sin valorizar figuras «contra la corriente»: Reid y sobre todo Vico. Un tanto ambiguo resulta, en cambio, el juicio historico sobre Heidegger, por cuanto, habiéndolo antes acusado de ideología y grave carencia de argu­mentación racional, es calificado en la segunda parte como: «considerato unanimemente il più importante filosofo tra quelli usciti dalla scuola di Husserl» (238, subrayado mio), e incluso: «forse il più grande pensatore del Novecento» (257-258). Es curioso que, en la crítica a Husserl, el autor conceda «el mismo relieve» (240) a las críticas de Maritain y a las de Heidegger, cuando al mismo tiempo los califica como herederos de sus respectivas tradiciones, y considera la una muy sólida, mientras que la otra, aquejada por errores fundamentales.
Después de un balance de la situación actual (cap. 5) el autor intenta finalmente una mirada al «futuro de la filosofia» (cap. 6), volviendo a temas esenciales de su propuesta metafisica, evidenciando su nexo esencial con la gnoseologIa por un lado y la teología natural por el otro. Mientras insiste sobre la recuperación de la misma linea por parte del Magisterio catolico, no omite denunciar la frecuente exclusión de la metafisica en exponentes de la misma teologia católica, por el influjo kantiano y heideggeriano (págs. 300-301). De especial interés es la critica a algunos postulados de la filosofia de la religión que hasta hoy han tenido gran éxito, y que reducen la religión misma a un sentimiento subjetivo: el «giro» feuer­bachiano, nota el autor, no es sino aplicación de la reducción kantiana de la religión a la moral (pag. 326). De ahí la fundamental exigencia de devolver a la filosofia de la religión, superando una mera fenomenología, su estatuto metafisico, centrado en la esencia de la religión, sin lo cual se cae en la ambigüedad «nominalista», la que finalmente «delata su matriz voluntaristica», es decir, su «naturaleza ideológica» (327). Si quiere evitar tal riesgo, la filosofia de la religión tendrá que asumir la «impopular tarea» de evaluar las diferentes religiones con criterios objetivos, para poder establecer cuál es «la religion verdadera» (págs. 329; 338). Esta segunda parte se termina con unas sintéticas reflexiones sobre filosofia del derecho y estética, donde coherentemente se marca la necesidad del aspecto metafisico y a la vez la exigencia de no invadir los aspectos «poiéticos», que son propios de las disciplinas no filosóficas. Señalamos en estos dos apartados la mención de un importante filósofo italiano del siglo XIX, Antonio Rosmini, que sólo reciente­mente se está encaminando a ocupar su mereci­do lugar en la filosofia cristiana moderna.
Concluyendo, queremos señalar también la acertada elección de amplias citas de autores y de historiadores de la filosofia, a menudo muy iluminadoras. Extremadamente útil, finalmente, el glosario que se anexa a la obra.
En conjunto, la del Professor Livi es una obra muy notable: clara, sintética y de fácil leetura, a la vez que exhaustiva y profunda, útil al principiante as como al lector mas avanzado; por lo cual también sería muy deseable una pronta traducción al español.

CLAUDIO PIERANTONI